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Cartell del partit austríac d'extrema dreta FPO

Del pornoburka al purplewashing, los trucos más sucios contra el feminismo

El passat diumenge 22 de maig, les eleccions presidencials austríaques van deixar com a virtual guanyador al candidat Norbert Hofer, del partit d’extrema dreta FPO (Partit de la Llibertat d’Àustria). Durant unes hores, una mica més de la meitat dels vots feien possible que es proclamés el primer president neonazi que hagués tingut Europa en la seva història recent.

Recuperem aquesta entrevista realitzada pel Víctor Lenore pel diari El Confidencial  a la Brigitte Vasallo el passat mes d’abril.  Per recordar i visibilitzar un altre dels immensos reptes a la quals s’enfronta aquesta Europa fortalesa: la islamofòbia i la islamofòbia de gènere com a instrument de rèdit i crèdit polític.

 

PREGUNTA. ¿Cuál es la definición precisa del término anglosajón purplewashing? 

RESPUESTA. Es el proceso de instrumentalización de las luchas feministas con la finalidad de legitimar políticas de exclusión contra poblaciones minorizadas, habitualmente de corte racista. La paradoja es que estas poblaciones minorizadas también  incluyen mujeres. Es un término que hago derivar del pinkwashing, ampliamente desarrollado por Jasbir Puar o Dean Spade, y que señala la instrumentalización bélica de los derechos de las poblaciones lesbianas, gays, trans y bisexuales (LGTBI), al tiempo que genera una identidad nacionalista en torno al (supuesto) respeto a esos derechos. Derivé el término en 2014 ante la necesidad de nombrar específicamente la instrumentalización de los derechos de las mujeres, algo que no estudia necesariamente el pinkwashing.

P. ¿Nos pones un ejemplo?

R. El pasado ocho de marzo las fuerzas de defensa israelíes publicaron un vídeo en su Facebook reivindicando el empoderamiento de las mujeres, en este caso, de soldadas israelíes que aparecían en acciones de guerra. El subtexto de este vídeo, la propaganda oculta, es que la ocupación de Palestina es una victoria feminista ya que es llevada a cabo por un ejército con mujeres empoderadas. Claro, pero ¿a costa de la vida de qué otras mujeres? Esa pregunta queda olvidada, lavada, por la pátina de discurso feminista que se sobrepone al vídeo.

P. Otro ejemplo que sueles manejar es el del conductor de autobús que niega el acceso a una viajera por vestir un niqab. ¿Es la islamofobia el principal valor que enmascara el purplewashing o hay otros?

R. El purplewashing no enmascara la islamofobia, sino que la legitima, la justifica. Construye un binomio antagónico entre derechos, en este caso, de las personas musulmanas, y derechos de las mujeres y que sitúa a las mujeres musulmanas en un limbo de invisibilidad que forma parte de la violencia sistémica y las excluye de las reivindicaciones hegemónicas de los derechos de las mujeres, que pasan a hacerse a su costa. Desde la perspectiva del purplewashing, las mujeres musulmanas, en tanto que musulmanas, no son mujeres.

El ejemplo más reciente son los hechos de Colonia, cuando a partir de las denuncias de tocamientos y abusos sexuales en Nochebuena se construyó la imagen de los violadores como refugiados (rapefugees) y de las violadas como blancas. La extrema derecha, bien conocida por su machismo constituyente, pudo dar rienda suelta a un racismo sin cortapisas para perseguir a esos “otros hombres” violadores, obviando que la violación es una herramienta de un patriarcado defendido y promovido por la extrema derecha, obviando que es un problema endémico en Europa que nada tiene que ver con la llegada de nadie, invisibilizando la cantidad descomunal de asaltos sexuales que se producen en Europa por parte de hombres blancos, y creando un espacio discursivo en el que las “otras mujeres” forman parte de los asaltantes, cuando son ellas las asaltadas en tanto que mujeres y en tanto que refugiadas, migrantes, etcétera.

Mientras los periódicos seguían propagando la imagen de los migrantes y refugiados como violadores, Amnistía Internacional sacaba un informe donde denunciaba la cantidad de violencia sexual que sufren las refugiadas en Europa, pero ese informe apenas ha tenido repercusión, y menos entre la extrema derecha. Lo peor del caso es que esta idea de que atacar a unos es defender a esas “víctimas perfectas” que somos las mujeres o las personas LGTBI cala entre un sector muy amplio de la población, que jamás se identificaría con políticas o miradas tan reaccionarias. Tenemos un problema grave de racismo, de islamofobia, de etnocentrismo, de colonialidad en el pensamiento y en las estructuras sociales mismas que es el caldo de cultivo perfecto para todos estos desastres.

P. ¿Dirías que el gobierno de Zapatero incurrió en purplewashing, subrayando políticas de paridad mientras mantenía posturas económicas que afectaban negativamente a las mujeres como eslabón más vulnerable del mercado laboral? ¿Es purplewashing publicitar tu compromiso contra la violencia de género y luego no dotar de medios económicos a la policía para proteger a los agredidas?

R. A eso lo llamaría más hipocresía que purplewashing, aunque indudablemente los límites son difusos. El purplewashing legitima directamente la violencia en nombre del feminismo y tiene un cariz identitario y colonial. Es la aplicación de políticas machistas (excluyentes, represoras, infantilizantes, etcétera) para defender a algunas mujeres de una supuesta alteridad amenazante y machista que incluye, claro, también mujeres.

P. ¿Se puede considerar purplewashing que Soraya Saénz de Santamaría utilice la falta de ministras en el gobierno de Syriza para atacar Izquierda Unida y Podemos?

R. Que unos partidos u otros se ataquen utilizando la evidente falta de ministras en Europa, pero sin poner medidas efectivas para el cambio es una estrategia de banalización de la realidad con fines electoralistas, pero yo no lo llamaría purplewashing.

P. ¿Se puede considerar purplewashing que un sector de las estrellas del mundo del espectáculo en Estados Unidos pida el voto para Hillary Clinton centrándose en que es mujer, sin considerar que las políticas económicas y laborales de Bernie Sanders pueden ser más favorables para las mujeres precarias y vulnerables?

R. Posiblemente eso sea clasismo con aires de mística de la feminidad y feminismo capitalista.  Ya vimos con ejemplos como Margaret Thatcher que las mujeres podemos hacer políticas tan nefastas como los hombres, lo que no es motivo para que se nos siga excluyendo de los puestos de responsabilidad, sino una razón más para desmontar el sistema por entero.

P. Aparte del purplewashing, hablas del pinkwashing, poniendo como ejemplo al estado de Israel. ¿Existe blackwashing, por ejemplo intentar hacer pensar que Estados Unidos vive en una sociedad libre de racismo solamente porque tiene un presidente negro?

R. El blackwashing es un planteamiento interesante… La verdad es que no conozco el contexto estadounidense, ni cómo se ha vivido en las comunidades negras la presidencia Obama… Pero me viene a la cabeza un ejemplo dramáticamente fascinante de la instrumentalización de la lucha antirracista con fines racistas (por paradójico que parezca) con un cartel del Front National francés que reza: “Contra el racismo, ¡basta de inmigración!”.

P. ¿Qué recursos y respuestas te parecen más adecuadas para hacer frente o desenmascarar el purplewashing?

R. Es importante tenerlo presente como herramienta de análisis para no caer en dinámicas de una confrontación que no remiten en absoluto a proteger los derechos, ni siquiera de algunas poblaciones en detrimento de otras, sino a restringir los derechos de todas. Es urgente romper los binarismo ficticios del “ellos” y “nosotros” creados a partir de ejes discriminatorios como son la raza, el género o la clase. Tenemos un grave problema social de machismo que no remite a identidades culturales como nos quieren hacer creer, sino que remite al sexismo como sistema de dominación. Y tenemos también un grave problema de racismo, que va ligado, precisamente, a una concepción del mundo que solo entiende las relaciones desde el esquema de dominadores y dominados, de colonos y colonizados. Así, es imprescindible generar alianzas que desafíen esa dicotomía de manera radical, como las múltiples acciones de resistencia tejidas entre mujeres musulmanas y no musulmanas frente al racismo y al sexismo de manera simultánea, o las acciones de apoyo mutuas entre comunidades musulmanas y comunidades LGTBI que demuestran que la confrontación es una estrategia impuesta desde el poder pero que no da cuenta de toda la realidad.

 

 

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